Suciedad mediocre

El portavoz adjunto del PP, Rafael Hernando ha llamado “pijo ácrata” al juez Pedraz y le hace responsable del acoso que puedan sufrir los diputados. Añade que es “indecente e inaceptable” que un Juez hable de la “decadencia de la clase política”. Rafael Hernando hizo estas declaraciones tras conocer que el magistrado de la Audiencia Nacional había emitido un auto en el que archiva la causa contra los organizadores de la protesta “rodea el Congreso”, que se manifestaron el 25 de septiembre, en el que ha justificado la concentración alegando “la convenida decadencia de la clase política”.
El “pijo” en español se dice de la persona que “en su vestuario, modales, lenguaje, etc., manifiesta gustos propios de una clase social acomodada”, según la Real Academia de la Lengua, justa definición del que ha llamado “pijo ácrata” al Juez Pedraz.

Hay muchos que piensan que la causa principal de los problemas que nos afectan es que vivimos en una sociedad mediocre, donde se esconde lo excelso y se ensalza la grosería, la medianía, la vulgaridad. Se alaba todo lo que esté recubierto de dinero sin importar el modo de conseguirlo.
Nuestros gobernantes son gente mediocre, que no están a la altura de los problemas que afligen a la sociedad y de las graves responsabilidades que pesan sobre ellos.

El intelectual argentino José Ingenieros (1877-1925) retrató al hombre mediocre como aquellos que “cruzan el mundo a hurtadillas, temerosos de que alguien pueda reprocharles esa osadía de existir en vano, como contrabandistas de la vida”. Caracterizaba la psicología de los hombres mediocres por “la incapacidad de formarse un ideal; piensan con la cabeza de los demás, comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter a las domesticidades convencionales”.
Han pasado más de cien años y aquellas palabras resultan todavía más verdaderas hoy que cuando fueron formuladas. Se ha instalado en nuestra sociedad una mediocridad general, que llena todo de una grisura viscosa y de una falta de moral desoladora. Sin embargo, lo que ha cambiado respecto de hace cien años es que ahora esa tónica mediocre no viene de las masas o de las personas incultas, sino que parece venir de lo más alto de la escala social.
En aquellos tiempos, la mediocridad de quienes regían la sociedad quedaban ocultas por la distancia que mediaba entre ellos y sus súbditos. Ahora los medios de comunicación ponen ante nuestros ojos a diario sus acciones y, sobre todo, sus carencias personales y morales.

La característica principal del hombre mediocre es la paciencia imitativa; la del hombre superior es la imaginación creadora. El mediocre aspira a confundirse en los que le rodean: el original tiende a diferenciarse de ellos. Mientras el uno se concreta a pensar con la cabeza de la sociedad, el otro aspira a pensar con la propia. Nada parece tan peligroso como un hombre que aspira a pensar con su cabeza. El mediocre es dócil, maleable, ignorante, un ser vegetativo, carente de personalidad, contrario a la perfección, solidario y cómplice de los intereses creados que lo hacen un borrego del rebaño social.  Así pues me considero una oveja negra de esta “suciedad” mediocre contemporánea.

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